De la corrupción individual a la organizacional


Cuando hablamos de corrupción nos referimos a un fenómeno que se puede dar en diversos ámbitos y  también en múltiples dimensiones. Podemos encontrarlo tanto a nivel personal, grupal, organizacional o incluso institucional.

En la sociedad, es posible reconocer una gran cantidad de actores que en alguna circunstancia de su vida se han visto obligados o han cometido conscientemente actos de corrupción, pero que no necesariamente se encuentran insertos en un sistema de corrupción institucionalizada. Sin embargo, cuando la corrupción sí está institucionalizada, existen procesos y estructuras instaladas que actúan como una modalidad con el objetivo de obtener beneficios en detrimento de un bien común. Se sustenta sobre “Modalidades Corrientes” en el sentido de que existe una naturalización de la corrupción como el modo normal de hacer las cosas.

Sin embargo, ¿Qué significa, entonces, el acto de corrupción?

Se trata de una circunstancia puntual que logra torcer la voluntad de un actor para obtener un beneficio específico. Es visto como un delito que implica una contraprestación a cambio de ocultar o proteger otro delito, por lo que puede considerarse como una acción de segundo orden. En este proceso interrelacional, siempre están presentes al menos dos actores, el que corrompe y el que es corrompido, por un supuesto beneficio.

Cuando la corrupción abunda en las organizaciones, el clima emocional dentro de ella es afectado de manera negativa, poniendo en riesgo la construcción de la confianza y su fiabilidad. Este fenómeno puede adquirir diferentes caras, ya sea desde la extorsión, el fraude hasta el soborno, y su existencia dentro de su funcionamiento puede no sólo perjudicar las ganancias futuras, sino también la propia credibilidad desde la mirada de sus clientes y las partes relacionadas.

De dichos impactos contraproducentes, surge la importancia y la necesidad de erradicar los actos desleales que puedan existir en las empresas, pero es imposible negar que esta problemática supone un proceso sumamente complejo. Esto es así ya que el enfoque orientado a denunciar, perseguir o castigar estos actos no es suficiente si no se complementa con un conocimiento acerca del funcionamiento de un sistema de corrupción integrado, el cual a la vez requiere de un reconocimiento a nivel personal acerca de nuestras acciones y comportamientos.

De esta manera, el asunto en cuestión implica primeramente reflexionar hasta qué punto empezamos a ser corruptos, o más precisamente, qué es lo que nos motiva o nos impulsa a cometer acciones deshonestas. Seguramente la primera respuesta frente a la pregunta con respecto a si somos una persona corrupta es contundentemente no. Ya sea desde nuestra inconsciencia o desde nuestra ingenuidad, por lo general no creemos ser capaces de ejecutar una acción ilegal, o en el caso que hubiésemos tenido que corromper en ciertas ocasiones, tendríamos nuestras “razones válidas”

Considero que ninguna persona está exenta de decir que nunca fue corrupta, o por lo menos no es activamente consciente de ello. Todos tenemos un punto de debilidad o vulnerabilidad, el cual si se ve afectado haremos todo lo necesario para contrarrestar un posible riesgo que ponga en peligro aquello que nos importa o interesa. En el caso de un estudiante, sabemos que hará todo lo necesario para imprimir un trabajo práctico y cumplir con su compromiso, aunque tenga que hacer uso indiscriminado de los recursos de la organización en la cual trabaja.

Entonces, ¿cómo es posible prevenir la corrupción en las organizaciones?

En primer lugar, considero necesario desarrollar una mentalidad a favor de las prácticas socialmente responsables desde el interior de la organización. Es importante contribuir a la creación de una cultura que favorezca y privilegie la integridad y la ética en el modo de actuar, con líderes comprometidos y responsables que establezcan aquellos estándares de conducta adecuados para lograr la organización deseada. Una vez adoptado este enfoque y se favorezca una visión coherente con el mismo, se supone que contribuirá eventualmente a que el resto del personal también lo incorpore, disminuyendo cada vez más la probabilidad de ocurrencia de la corrupción organizacional.  

Es necesario formar una alianza de actores que encuentren el beneficio de una organización más transparente, y un control social menos violento. Si bien no es una cuestión que pueda resolverse de un momento para otro, considero que es el camino indicado para comenzar a solucionarlo.

Fuentes consultadas:

Suárez, Francisco y Jabbaz, Marcela: “Hacia una política de control de la corrupción”. Publicado en “La Gaceta de Económicas” de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Año 2 Nº 9 y 10, Abril y mayo de 2001.

Fassio Adriana: “Glosario de conceptos relevantes para el análisis de la vulnerabilidad de los sistemas de apoyo al delito” en “Delitos Complejos” Suárez Francisco y Gilli Juan José (Coordinadores). Ediciones Cooperativas. Buenos Aires. 2008.

https://www.researchgate.net/publication/328635003_GLOBAL_WHITE-COLLAR_CRIME_SURVEY_2018_ANTI-BRIBERY_AND_CORRUPTION

Una respuesta a “De la corrupción individual a la organizacional

  1. ¡Muy buen articulo Agustina! Me gustó mucho y te deja pensando, es muy difícil pensar o darse cuenta que todos en algún nivel somos un pocos corruptos, desde imprimir trabajos prácticos, o hacerlos en horarios laborales o dar un último repaso a ese parcial complicado, es muy difícil decir que no a esas cosas porque lo considera algo normal, como una situación institucionalizada. A veces creemos que la corrupción se da simplemente en el estado pero las organizaciones privadas también les afectan la corrupción, nadie te tiene que decir que es bueno o malo, simplemente hay que actuar con ética y sentido común.

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