Desde el punto penal: el último remate


…este largo torneo está llegando a su fin. Restan unos pocos minutos del último partido. Y acá estoy, parado sobre el terreno de juego, miro el balón y siento temor y alegría al mismo tiempo; me tengo confianza, estoy a tan solo un remate desde el punto del penal de ganar el campeonato…

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Es increíble cómo en este preciso instante, vienen a mi mente infinidad de momentos. Debo decir que no fue fácil el camino recorrido. Se necesita actitud y constancia en la vida para llegar al objetivo que uno se propone. Un torneo largo de 43 fechas, que hoy está llegando a su fin.

Haciendo un análisis diacrónico, todo comenzó allá por el año 2008, junto con dos amigos decidimos inscribirnos en la UNTREF, ellos no estaban seguros de estudiar Administración de Empresas -de hecho, hoy en día, son profesionales en otros ámbitos- pero yo sí, quería ser Licenciado en esta carrera, y además, tenía una visión, una aspiración de lo que quería ser y a dónde deseaba llegar (claro que en aquel entonces, no conocía en profundidad el significado de esa palabra, que luego se repetiría en casi todos los partidos que jugué), yo quería, en el largo plazo, tener un emprendimiento propio, no sabía cuál, o en qué rubro, pero sí sabía que quería ser “mi propio jefe”.

El primer cuatrimestre de aquel año sirvió como una intensa pretemporada (curso de ingreso), allí reincorporé conceptos que creía haber olvidado; la misma duró 4 meses, y, al final, me seleccionaron para comenzar a jugar el gran torneo.

Hasta ese momento, siempre había sentido que jugaba de local, en canchas conocidas, en donde poseía el control de la pelota, es decir, me había mantenido en la famosa zona de confort. Desde mi niñez, mis padres me enviaron a la misma escuela, desde jardín de infantes hasta la secundaria, siempre los mismos amigos, el mismo club donde jugábamos a la pelota, el mismo gimnasio; cual organización atrapada en un entorno conocido y controlado, que la hace sentir segura y protegida, pero no le permite crecer, así me encontraba yo, encerrado, quizás de forma conscientemente inconsciente, diría Chris Argyris, en un modelo mental que me llevaba a actuar de una manera conocida; en todo caso, si siempre actué del mismo modo, obteniendo los mismos resultados y en el mismo entorno, ¿para qué cambiar, no?

Sin embargo, ya sea por decisión propia, o impulsado por la situación, el cambio estaba al caer. Finalizada la pretemporada, lejos de estar exhausto, me encontraba con más ganas que nunca de afrontar lo que estaba por venir. Esta motivación intrínseca me impulsó a salir de aquella zona, e ingresé en una cancha en la que nunca había jugado, se podría decir que era una zona desconocida, ese lugar en el cual residen miedos, incertidumbre y dudas, al no tener el poder para controlar los partidos. Es por ello que, al principio, el razonamiento defensivo estaba al mando, me sentía un poco incómodo, el césped estaba alto, la pelota no me llegaba con claridad, y la comunicación con mis compañeros de grupo, entendida, según Idalberto Chiavenato, como el proceso específico a través del cual se desplaza e intercambia información para coordinar actividades y lograr objetivos concretos, no era la mejor. Claro que mucho más adelante, en el partido más importante que disputé (Seminario de Integración II), Paul Watlzawick iba a ampliar esa definición y me iba enseñar, en su primer axioma, que no es posible no comunicarse, a través del lenguaje verbal, como también utilizando gestos, e incluso silencios, estamos comunicando. Y, para colmo, recuerdo que en uno de los primeros partidos (Teorías de la Administración), un Director Técnico (DT) de importante trayectoria, me quería hacer creer que esa cancha desconocida en la que estaba dando los primeros pases era parecida al “infierno”[1].

A pesar de la afirmación de ese DT, que luego confirmaría que era falsa, en ese partido, empecé a tomar contacto con los orígenes de la administración, y las teorías y formas de administrar llevadas a cabo por autores como Fayol, Taylor, Ford, entre otros. Empecé a internalizar los primeros conceptos relevantes que se repetirían a lo largo de los partidos, como por ejemplo, la importancia del proceso de planificar, organizar, dirigir y controlar los recursos y las distintas situaciones de juego para lograr los fines propuestos.

El torneo avanzaba, cada partido jugado era distinto al anterior, y planteaba nuevas situaciones, por lo cual debía utilizar diferentes estrategias para afrontarlos. Algunos como Estadística, Administración General o Comercialización I y II eran más sencillos de disputar, sentía que la posesión de la pelota era mía, la probabilidad de ganarlos era amplia, sólo bastaba con planificar y ejecutar de forma eficiente una estrategia ofensiva que me permitiera llegar al objetivo -el gol– y, de esta manera, obtener un resultado positivo.

No obstante, no todo era tan sencillo, inevitablemente, como en todo torneo de alta competencia, tuve que afrontar partidos difíciles, duros, como Administración de la Producción o Macroeconomía, en los que sentía que la pelota siempre la tenía el rival, y lo único que me quedaba era llegar al gol como sea y defender el resultado hasta el final. Por momentos, mis recursos para procurar ganar estos partidos parecían ser escasos y exigían mantener la calma para reconocer y manejar mis propias emociones para evitar un secuestro emocional que me haga perder el partido. Esta inteligencia emocional, me permitía tener la suficiente empatía para entender que algunos de mis compañeros también se encontraban en un momento complejo del partido, similar al mío, y, por lo tanto, desarrollar la estrategia ganar-ganar y ayudarnos mutuamente, era lo más adecuado para que todos logremos un resultado beneficioso.

Igualmente, a esta altura del torneo, mi productividad comparada con el inicio del campeonato iba en aumento, al igual que mi rendimiento. Es que era tanta la demanda de exigencia de algunos rivales, que no me quedaba otra alternativa que mi oferta sea cuanto menos de la misma magnitud como para mínimamente alcanzar ese punto de equilibrio que me permitiera no terminar el partido con un resultado negativo.

Al igual que en el fútbol, casi todas las actividades humanas requieren, además del esfuerzo individual, un importante trabajo colectivo para obtener los mejores resultados. Por lo tanto, me parece relevante destacar que en todo este largo torneo, no hubiese podido llegar hasta este último remate sin mis compañeros, en la mayoría de los partidos, el trabajo en equipo se tornaba fundamental para llegar al triunfo.

Aunque los jugadores fueron variando en sus puestos, siempre han tenido que desempeñar una función y cumplir con eficacia el rol correspondiente.

En esos equipos, citando a Daniel Goleman, ya sea por capacidad, competencias adquiridas o por componentes genéticos, siempre surgía un capitán –un líder resonante– que en momentos críticos de los partidos movilizaba a los demás y les marcaba el camino a seguir. Cada uno desde su lugar en la cancha, aportaba sus conocimientos para conseguir el objetivo común, entendiendo que todo era una cuestión de sinergia. Aunque en el partido Dirección General, tirando paredes con Edgar Morin, aprendí que individualmente se puede jugar muy bien y que el todo también es menos que la suma de las partes, yo pienso que necesariamente debíamos coordinar nuestras destrezas, ya que todos juntos éramos mejores que cada uno por separado. Inevitablemente, en estos equipos, surgían determinados conflictos, ya que los mismos son inherentes a las relaciones humanas. No obstante, la negociación entre las partes resultaba fundamental para resolverlos y tomar las decisiones necesarias con el objeto de seguir todos alineados.

Tal como lo expresan Ernesto Gore y Marisa Vázquez Massini, el aporte individual permitió un desempeño y un aprendizaje colectivo en el que cada contribución cobró sentido, transformando el equipo en una comunidad de práctica, con una identidad común, que quedó evidente en el partido Seminario de Integración II.

En fin, a medida que transcurrían las fechas, se fue construyendo mi identidad, al igual que la de mis compañeros. Todos compartimos una identidad esquema por pertenecer al mismo equipo, pero, al mismo tiempo, mantenemos aquellos rasgos constitutivos que forman nuestra identidad construcción, que nos diferencian y nos hacen únicos.

En definitiva, este largo torneo está llegando a su fin. Restan unos pocos minutos del último partido. Y acá estoy, parado sobre el terreno de juego, a tan solo un remate desde el punto del penal de ganar el campeonato.

Mentiría si dijera que estoy tranquilo, que no tengo un poco de temor o incertidumbre de lo que va a ocurrir, pero como en aquel año 2008, analizo mi realidad actual y todavía tengo claro donde quiero estar, esta tensión creativa me genera emoción y deseos de rematar con precisión la pelota para lograr el triunfo. En la tribuna se encuentra la hinchada, pendiente del resultado, en definitiva, esas personas pertenecientes a mi círculo de influencia siempre estuvieron apoyándome y dándome fuerzas durante todo el torneo, en las victorias, y en las derrotas, en los buenos y malos momentos. Asumo mi rol de protagonista de la situación, soy el que toma la decisión, el que planifica como pegarle a la pelota y el que ejecuta el disparo, por lo tanto, tengo la responsabilidad incondicional de asumir las consecuencias, entendiendo que para bien o para mal, todo depende de mí.

Lo observo de reojo al arquero, su comunicación analógica denota nerviosismo e inseguridad. Llegó el momento, ahora con la mirada fija en la pelota, me dispongo a ejecutar desde el punto penal, el último remate, solo deseo una cosa: que sea gol…

[1] El docente Rodolfo Carcavallo, el primer día de cursada en la materia Teorías de la Administración, nos saludó diciendo: “Bienvenidos al infierno”.

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