¿Somos una sociedad perversa? ¿Somos cómplices de lo que pasa?


 

Hoy nos enfrentamos como sociedad a una problemática, que va más allá de un simple capricho, recelo o creencia, para dar cuenta a un hecho concreto y real. Las normas existen en esta sociedad, creadas en un momento determinado para ser cumplidas, al contrariarlas, existe una clara connotación negativa, atacando la conciencia de quien lo sufre. Existe una intención de hacer daño al otro, aunque quien lo ejerce no considere dicha cuestión o no le sea relevante. Tal vez sea parte de nuestra identidad ser perversos, sin tener en cuenta los fuertes valores inculcados en primera instancia por la familia, que es quien moldea y forma desde muy jóvenes a las personas, para poder hacer frente al mundo y nos marca el modo en que nos relacionaremos con los otros. La cultura, y su respectivo contexto, nos dictan que es considerado normal y que no lo es, cuando existe una desviación al respecto, puede llegar a hablarse de perversidad.  Frente a estos actos, a saber, existen tanto actores por un lado (ejecutores del mismo), como víctimas, pero también existen cómplices, y este es un punto no menos importante. Por ejemplo: al ver una situación en un medio de transporte, donde un hombre acosa a una mujer de manera constante (tanto verbal, como llegar al extremo del contacto físico), y nosotros no accionamos al respecto, tal vez pensando que no es nuestro problema, que no corresponde, o apelando al hecho hipócrita de justificar tal accionar por una posible prenda provocativa de la mujer, estamos siendo cómplices de tal situación, y prácticamente tenemos el mismo grado de culpa.

Cuando hablamos de perversidad debemos tener en cuenta su estrecha relación con la moral, el orden instituido y las buenas costumbres. Existe un paradigma social al respecto, que va de la mano con los modelos mentales de cada miembro activo de la sociedad en la cual vivimos. Hay un claro problema cultural de fondo, a solucionar a largo plazo, aspecto dejado de lado por la clase política argentina desde hace muchos años, por enfocarse en intereses a favor de su propio bienestar, y en contra del nuestro. Ahora bien, sin poner excusas, ¿Nosotros que podemos hacer al respecto? ¿Sentarnos, quejarnos y ver cómo pasan las cosas? ¿O levantarnos de la silla, salir de las cuatro paredes y accionar como ciudadanos con las herramientas que contamos? Sean muchas, pocas, eso no interesa, el propósito es actuar de manera colectiva, pero hacerlo!

Creo conveniente ver dicha temática también desde una concepción psicológica – psiquiátrica, por eso cito en el siguiente apartado a la psiquiatra Marie France Hirigoyen (francesa, nacida en 1949, publicó varias obras sobre acoso moral) y dice lo siguiente: “…El perverso no es un enfermo. El perverso se ha forjado, con probabilidad, en la infancia, cuando no pudo realizarse. Creó férreas defensas contra los demás para protegerse y así una actitud que podía haber sido simplemente defensiva y aceptable se convierte con el paso de los años en una personalidad incapaz de amar y convencido de que el mundo entero es malvado. Insensibles, sin afectos: ésa es su fuerza. Así no sufren”. En la mayoría de los casos el origen de la tolerancia de la víctima o de la agresión del perverso se halla en una lealtad familiar que consiste en reproducir lo que uno de los padres ha vivido: “Agreden para salir de la condición de víctima que padecieron en la infancia, cuando tuvieron que separar las partes sanas de las partes heridas. Ahora siguen funcionando de forma fragmentada, dividiendo su mundo en bueno y malo. Temen la omnipotencia que imaginan en los demás porque se sienten profundamente impotentes. Por ello necesitan protegerse hasta destruir”.

El acoso moral en el trabajo tiene el objetivo de destruir la estabilidad psicológica de un ser humano, a través del descrédito y la rumorología, con la finalidad de encubrir un fraude. Se practica acosando grupalmente de tal manera que la víctima “estigmatizada” no puede defenderse, que no pueda hablar o que su palabra ya no tenga ningún valor. La indefensión de la víctima proviene de la pasividad de los testigos de la violencia, que permiten la destrucción de otro ser humano de manera indignamente cobarde.

Ejemplo de acoso laboral:

La primera bofetada me la llevé cuándo me dijeron que tenía que esperar a por el uniforme, ya que tenían que hacérmelo a medida. Fue mi primer golpe, ya que me estaban diciendo que la talla que yo uso no era la normal. Uso una talla 44. No me parece que sea necesario usar una talla 38 para ser una buena secretaria.

Yo seguí ejerciendo mi labor sin prestarle mucha atención al tema del uniforme, pero me era imposible. A todas horas tenía a mis compañeros delante de mi mesa preguntándome por mi uniforme. E incomprensiblemente, tenía a mi jefe por lo menos un día a la semana paseándose por delante de mí diciéndome que ya me traerían el uniforme, que era cuestión de tallas. Todo esto me parecía algo de locos y no acababa de comprender que le pasaba a esta gente, pero yo seguía a mis cosas, como si nada me afectara. Quería cumplir con mi trabajo y hacerlo bien, pero me estaba costando mucho.

El acoso comenzó a hacerse más patente cuando comencé a intuir que me vigilaban. Todos teníamos unas cámaras detrás de nuestra mesa de trabajo, no es algo legal, pero es así. Y había veces en las que de pronto aparecía mi jefe como un energúmeno chillando, diciéndome que porque iba al baño otra vez si ya había ido a las 11 de la mañana y solo habían pasado dos horas. Ahí fue cuando me di cuenta de que mis compañeros estaban diciéndole a mi jefe cada movimiento, cada desplazamiento que hacía al baño. Yo me tenía que desplazar a la impresora, a la fotocopiadora, y esos movimientos eran los que provocaban ataques de ira en mi jefe. Yo trataba de explicarle que era parte de mi trabajo el ir a la fotocopiadora pero él gritaba cada vez más y me era imposible hablar. Mi desesperación era inmensa, necesitaba el trabajo pero me lo estaban poniendo muy difícil y lo peor es que no sabía el por qué.

Ir al trabajo se convirtió en una tortura. Sin ningún motivo aparente era el blanco de las iras de mi jefe y la mofa de mis compañeros. Se convirtieron en mis peores enemigos. Mi única intención siempre había sido la de trabajar y hacerlo lo mejor posible. Pero entre todos estaban logrando que mi vida se convirtiera en un infierno.

Decidí no denunciarlo a los sindicatos, esperando que en algún momento este acoso se terminara. Pero nunca se terminó. Ellos terminaron conmigo. Consiguieron que me echaran de la empresa. Sin comerlo ni beberlo, un día fui a trabajar y me dijeron que al día siguiente no fuera, que prescindían de mis servicios. Mi jefe me dijo que el día anterior me había ausentado de mi puesto de trabajo 8 veces. Miré hacia mis compañeros y sonrieron. Recogí mis cosas y salí. Me consideraba una persona muy fuerte mentalmente pero me habían aniquilado entre todos, habían hecho una piña para conseguir su objetivo y ahora gracias a ellos era una mujer agotada mentalmente.

Hoy me arrepiento de no haberlos denunciado. La gente me dice que muchas veces el acoso laboral es sin motivo alguno. Yo con el tiempo me enteré de que mis compañeros querían que yo me fuera y en mi lugar viniera otra señorita. Y lo lograron. Cada movimiento que yo hacía era controlado por ellos en la cámara y se lo iban a decir al jefe. Las cámaras estaban en una habitación controladas por otros compañeros que aparte de controlarnos…hacían otras cosas, pero parece ser que lo más importante era dar información al jefe de la gente que a ellos les convenía. Lograron su propósito. Hoy estoy en el paro gracias a esa gente.

Cuando las arañas unen sus telas pueden matar a un león (Proverbio etíope) 

Este es tan solo un ejemplo, muchos conocemos casos similares y muy cercanos posiblemente, y nos indignamos, con justa razón. Lo que propongo es que no debemos, como sociedad, ni como individuos, permitir algún tipo de acoso y/o abuso, ni laboral, familiar, y en ningún ámbito existente. Debe existir un fuerte compromiso por parte de todos, y no quedarnos en una conducta pasiva al respecto, porque hoy no somos los perjudicados, pero el día de mañana quien sabe.

Referencias:

 

 

 

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